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El arte de la resiliencia o Kintsugi 金継ぎ

Cuenta la leyenda que el arte del Kintsugi pudo haberse originado en el siglo XV cuando el shōgun japonés, Ashikaga Yoshimasa envió a reparar a China uno de sus tazones de té favoritos. El tazón volvió arreglado pero el resultado no gustó al general, por lo que buscó artesanos japoneses que dieran con una solución más estética, desarrollando así una nueva forma de reparar cerámicas.

Los coleccionistas se enamoraron rápidamente de este nuevo arte, hasta el punto de que algunos fueron acusados ​​de romper deliberadamente valiosas cerámicas con el fin de ser reparadas con las costuras de oro del Kintsugi. Llegó a ser una técnica muy valorada al convertir en verdaderas obras de arte objetos dañados.

El Kintsugi se relaciona con la filosofía japonesa del “mushin”, que abarca conceptos como el desapego, la aceptación del cambio y del destino como aspectos de la vida humana.

Normalmente cuando nos acercamos a los pensamientos que derivan de la filosofía oriental, nos encontramos una realidad construida sobre lo más esencial y simple de los valores y principios que deben regir y gobernar el comportamiento y las relaciones entre los seres humanos, de una forma tan abrumadoramente clara, que quedamos rendidos ante su sencillez y profundidad, al menos en mi caso.

La técnica japonesa de Kintsugi consiste en unir, usando una laca especial y polvo de oro, las piezas rotas de un objeto de cerámica, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto. Los japoneses creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y se celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza.

Trasladando este concepto al terreno de lo humano vemos que esta filosofía conecta muy bien con el concepto de resiliencia: la aceptación de la evolución personal y de la mutabilidad, el descubrimiento de la belleza en la fealdad, la individualidad de cada ser, lo conmovedor de los defectos… Esta filosofía nos deja un mensaje muy poco valorado en la cultura occidental donde tenemos bastantes dificultades para percibir, valorar y respetar la belleza y transcendencia de lo roto, estropeado, feo, erróneo, diferente, etc.

La idea de no ocultar la imperfección, los defectos, los fallos, sino al contrario, ensalzarlos como una manera de enfocarse en la superación, resulta muy reveladora. Ojalá pudiéramos liberarnos del peso que supone el miedo a la equivocación y en su lugar, lo aceptáramos como una parte natural del proceso de aprendizaje y superación. Aprender de los errores y de las situaciones que tenemos que afrontar y salir fortalecido en el proceso. En eso consiste la resiliencia.

Una persona resiliente podrá hacer frente con mayor fortaleza a situaciones que nos depara la vida. Hay momentos, situaciones, que nos pueden hacer sentir agrietados, rotos, como una cerámica japonesa expuesta al Kintsugi. La resiliencia nos  ofrece la oportunidad de recomponer nuestra alma, para que una vez restaurados cuerpo y alma, al igual que el objeto de porcelana, podamos resurgir con toda nuestra fuerza y toda determinación para sobreponernos a los obstáculos que la vida nos ponga por delante.

Nuestros hijos e hijas se merecen ser educados en la resiliencia para conseguir ser más fuertes y felices.

Carmen Estellés Jorda

Profesora de Inglés

Colegio Plurilingüe Martí Sorolla

 

 

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